GROUCHO MARX Y LOS CONVERSOS

 

GROUCHO MARX Y LOS CONVERSOS

 


 

Damas y caballeros, estos son mis principios. Si no les gustan tengo otros, decía con genialidad Groucho Marx para criticar la hipocresía y la volubilidad de las creencias y valores de la gente, que cambia de parecer según le beneficien. Y quizá, se quedó corto el comediante neoyorquino, pues hay quienes hacen esa mudanza por solo sentirse parte de una historia de éxito. Nunca mejor dicho que en estos tiempos donde la política dejó ser ideológica para convertirse en pragmatismo llano y duro o corrijo una ideología, con una nueva envoltura con destellos envolventes.

Y más, cuando hay gente que viene de la izquierda y siguen viendo la política en clave de ideología. Pero una ideología asida a cierta nostalgia. Con un aire de melancolía por aquello que Joaquín Sabina sentencia cuando interpreta “Con la frente marchita” y registra aquella imagen poderosa y genial: “No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió…”

Y con esa idea van por la vida. Con los años y sus dolores. Sus recuerdos y los tiempos heroicos de la militancia. Aquellos de las grandes manifestaciones y las consignas que con su coro infinito hermanaba por encima de razas, lenguas, países, géneros. Que tiempos, que tiempos.

A una parte de esa generación la sacudió el obradorismo con su gesta heroica y muchos de ellos arriaron las banderas rojas con la hoz y el martillo para entregarse acríticamente al nuevo Príncipe. Dejaron el internacionalismo proletario por el nacionalismo revolucionario que en el pasado tuvo épocas de gloria con los gobiernos priistas de Luis Echeverría y José López Portillo.

Y eso, en el mejor de los casos. La mayoría de ellos se recogió en la comodidad del hogar y una vida complaciente. La historia le pasó por la tele y los noticieros. Habían dejado de ser parte activa de esa historia heroica. Pero nada es para siempre. Esos hombres y mujeres que hoy pintan canas están de vuelta ya sin la hoz y el martillo.

Ahora, hay en ellos, una suerte de totemismo. Un renovado culto a la personalidad, al líder. Ya no es Stalin, Trotsky, Mao o Fidel. Es algo más mortal, de carne y hueso, cómo usted o yo. Con un nombre de cualquier mexicano: Andrés Manuel.  

Y sin duda, hay motivos, para sentirse cómodo con Andrés Manuel, un político que militaba en el PRI, cuando otros lo hacían en ese abigarrado sistema de anagramas rojos anti priistas y estaban pensando en la revolución mundial o en la revolución en un sólo país; la revolución sandinista o salvadoreña o la épica del Che Guevara.

Nuevamente la nostalgia por “lo que nunca jamás sucedió”. A menos que lo que hoy vemos en Centroamérica sea un resultado social que llene de orgullo. No es Daniel Ortega y tampoco Nayib Bukele.

Pero, dentro de esa burbuja de nostalgia poder decir, esperamos, pero al fin sucedió, tenemos un gobierno sin duda sensible socialmente. Y como todo hombre público sujeto de críticas. Sean por que vienen de la necesaria oposición económica o política, cómo por simple equilibrio del poder.

Sin embargo, para aquellos que “están de vuelta” es imperdonable. ¿Acaso quieres que gane el PRI? ¿Qué pierda Rocha? o, uno más aguerrido, desde la comodidad de su casa, acusa que todo lo de los críticos es para favorecer a Zamora.

Caramba, no sé si eso le favorezca, pero lo que tengo claro es que la crítica es libre como el viento. Y vienen desde antes de estas elecciones la crítica de la llamada Universidad Partido y su poder tras bambalinas que representa Héctor Melesio Cuén.

El mismo que hoy algunos le encuentran virtudes por estar acompañando a Rubén Rocha. A los que se les olvida que fueron sus críticos incluso todavía hoy algunos lo señalan en pláticas de café o frente a una cerveza.  Pero, así es siempre con los conversos que son capaces de olvidar o “sacrificar el mal menor por el bien superior”.

Y no les gusta estar solos, quieren compañía en esta que podría ser su última gesta heroica ahora en el ciberespacio, al lado de sus nuevos paladines y su narrativa transformadora que en su foro interno los lleve a un estruendoso ¡he cumplido!, con mis ideales libertarios con el triunfo de Rubén Rocha.

Groucho Marx, sonreiría socarronamente, para refrendar: “estos son mis principios. Si no les gustan tengo otros”.

 

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